ORACIONES CORRESPONDIDAS
ORACIONES CORRESPONDIDAS
Sor Esperanza, sor Angustias y sor Prudencia entraron en el ascensor. Bajaban al garaje con las maletas llenas de ropa y de recuerdos. Sor Angustias iba lamentándose por la situación.
—Qué mala suerte, tener que cerrar el colegio por falta de niñas. Menos mal que nuestros hermanos del Sagrado Corazón de Jesús, que también tenían demasiadas plazas libres, nos han permitido seguir dando clases, compartiendo su colegio. Seguro que nos dan las peores aulas.
—No te quejes —dijo sor Prudencia—, si no llega a ser por ellos, nos hubiéramos tenido que ir todas a Valencia, ahora que ya estamos tan hechas a Zaragoza. No es que le tenga cariñó al cierzo, pero hemos tenido mucha suerte de contar con este piso, en esta comunidad con vecinos tan amables, que nos han acogido muy bien.
Las otras dos asintieron con la cabeza. En ese momento sonó un chasquido, se detuvo bruscamente el ascensor y la cabina se quedó a oscuras.
—¡Ay! —gritó sor Angustias—. Ya lo sabía yo, esta casa tan nueva, estos ascensores tan modernos y poco probados… Seguro que los circuitos los han hecho los chinos.
—No te inquietes, dijo sor Esperanza, esto se arreglará enseguida.
Sor Prudencia encendió el móvil, comprobó que no había cobertura y pulsó el timbre de alarma del ascensor. Un tímido pitido sonó. Las tres se miraron con cara de circunstancias.
—¡Pues vaya porquería de alarma! —exclamó sor Angustias, visiblemente nerviosa.
Para tranquilizar los ánimos, intervino sor Esperanza —No pasa nada hermanas, vamos a rezar. Si nadie puede oír esta especie de timbre afónico, Dios escuchará nuestras oraciones.
Y así lo hicieron durante largos minutos. Sor Angustias iba subiendo el tono paulatinamente en cada nuevo rezo, de modo que ya se oía tres pisos más abajo. De repente, una grave voz retumbó en el habitáculo y las religiosas guardaron un reverente silencio.
—No os preocupéis hermanas, vuestras oraciones han sido oídas, en pocos momentos seréis rescatadas.
Las tres se arrodillaron de la impresión, sor Esperanza gritó, eufórica: ¡Una voz! ¡Una voz! ¡Milagro! ¡El Señor nos ha escuchado!
Mientras, los bomberos, avisados por un vecino, llegaron al cuarto de máquinas del ascensor para proceder al rescate y se encontraron dentro a un hombre sentado, inclinado hacia delante, con la cabeza baja, cubierta con las manos.
—¿Se encuentra bien? ¿Quién es usted? —preguntó el oficial.
El hombre levantó la cabeza. Estaba riéndose. Con gran esfuerzo se contuvo y habló un instante.
—Soy el Presidente de la Comunidad —dijo, mientras señalaba el intercomunicador.
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