INFERNO
INFERNO La puerta está entreabierta y una extraña figura entra. Alto, delgado pero fuerte, rostro céreo y gruesas cejas. Lleva traje y corbata negros, gafas de ancha montura y varillas, negras también; su aspecto impone respeto, o miedo. Parece venir de otro tiempo, un ser antiguo, anacrónico. Su rostro denota cierto asombro. Sus pupilas reflejan el color rojo fuego que flota en densas nubes y su oído sufre con el volumen tan alto de la música, más bien ruido, que llena el ambiente. Ante sus ojos, decenas de lo que parecen personas saltan y giran, las cabezas oscilan exageradamente, de delante atrás y de derecha a izquierda, como si de un momento a otro se fueran a desprender del tronco; parecen marionetas agitadas violentamente por una mano invisible, maniquíes con convulsiones. Por sus rostros, no se sabe si disfrutan o sufren. Varios se fijan en el portafolios que lleva apretado contra el costado derecho, protegiéndolo en lo posible; parece temeroso de que la turba se lo estrope...