Cuando el cielo responde.

 

A partir del relato de Pío Baroja titulado Águeda, con una protagonista joven y poco agraciada, contrahecha y con un desengaño amoroso, escribí un final alternativo.

  

Cuando el cielo responde

Todavía desolada por el reciente desengaño, Águeda se sentó en la plaza desierta, sacó un mendrugo de pan y comenzó a desmenuzarlo, esparciendo alrededor las migas para que los gorriones se acercaran a comerlas; así se sentía acompañada. De pronto, oyó una varonil y bien timbrada voz.

—Buenas tardes señorita, ¿podría decirme que hora es, por favor?

Ella se sobresaltó, llevaba días con ese rutinario entretenimiento y apenas nadie pasaba por la plaza. De los pocos transeúntes, hasta la fecha, nadie había tenido la osadía de sentarse en el mismo banco que ella, como había hecho ese hombre guapo, con una barba bien cuidada, nariz prominente que no le restaba atractivo, abrigo negro largo y un bombín a juego. Ligeramente ofendida le replicó.

—Puede verlo usted mismo: la iglesia tiene un hermoso reloj. —La respuesta hizo sonreír al hombre.

—No dudo que el reloj será hermoso, como lo es su voz —ella se sonrojó—, pero soy ciego y no puedo verlo. Salvo que sea la hora en punto y suenen campanadas, no me sirve de mucho, ¿no cree?

—Oh, lo siento, de verdad, yo… —contestó, azorada.

—No, por favor, no se disculpe, no me tenga lástima. Es verdad que no puedo disfrutar de los preciosos atardeceres de la sierra, ni de los colores de los jilgueros, pero puedo oír su canto y aunque no puedo ver a las personas con los ojos, puedo adivinar su interior.

—¿Su interior? ¿Cómo? Y, ¿cómo ha sabido que yo estaba aquí y que era una señorita? 

—Por el delicioso aroma de su perfume, que acompaña perfectamente a su voz. ¿Tengo la fortuna de hablar con la señorita Águeda? Su cuñado Bartolomé me habló de sus virtudes. —Le contestó con afabilidad.

Aún se sonrojó más Águeda, pero esta vez, confiada por su invisibilidad, sonrió. Aquella fue la primera de muchas conversaciones que mantuvieron en ese banco, más tarde en su casa cuando Bernardo presentó sus respetos a sus padres, que lo recibieron encantados por las buenas rentas de que disponía, y por el resto de su vida, ya casados, en su hogar, donde tuvieron una maravillosa convivencia basada en lo que eran, no en lo que parecían externamente.


 

José Ramón Rodrigálvarez

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