Segundo premio del XXXVIII Certamen Literario Picarral. 

 UNA MUJER DE CUIDADO

 —¡Todo el mundo al suelo, esto es un atraco! ¡Tú, la cajera, no se te ocurra tocar el botón o me cargo a este! ¡Tú, John Wayne, no me mires! ¡No me mires! Eso es, baja la cabeza y mira las baldosas, que son muy bonitas. Ahora, muy, pero que muy lentamente, saca el revolver con dos dedos y lo empujas por el suelo hacia mí… Así, muy bien y ahora, quietecito mientras te sujeto con la cinta americana para evitar tonterías.

¡Dios, qué subidón! Así que, esto era, esto es lo que se siente. Todos aquí tumbados, temblando como unos miserables, sin levantar la cabeza, como si yo fuera un dios terrible, cruel, aunque les trate con amabilidad. Les he dicho que no les voy a hacer daño, que conmigo están a salvo, pero a cambio les exijo sumisión total… Es maravilloso, y si me pongo en su lugar, aterrador. ¿Qué pensarán? Todos se preguntarán “¿por qué?”, “¿por qué me ha tocado a mí?”, sin sospechar que ha sido simplemente porque esta sucursal de Ibercaja de la avenida Salvador Allende era la ideal: tranquila, discreta, en una zona peatonal, sin coches pasando por la puerta y sobre todo, con poco personal, fácil de seguir y de vigilar y con un segurata los viernes, cuando hay más dinero. Vamos, lo que yo necesitaba.

Roberto, el guarda, se encuentra frustrado sin duda. Un poco asustado también, pero sobre todo rabioso, por no haberme visto venir desde su metro noventa de estatura. De poco le sirven ahora sus noventa kilos de peso y sus sesiones diarias de pesas y ejercicios en el gimnasio de su barrio, de 17:00 a 20:00 horas, como un reloj, de lunes a sábado, excepto los miércoles. Tampoco le sirve su revolver de calibre 38 especial de cuatro pulgadas, sobre todo, porque está en mi poder. Tal vez, lo que peor le sabe es haberse meado cuando he apoyado el cañón de mi pistola en su cabeza mientras él extraía de su funda el revolver, quedando en ridículo delante de Mónica, la directora, tan atractiva y elegante ella, con ese traje de chaqueta color gris, entallado. Lástima, se le va a manchar en el suelo.

La verdad es que, fuera de este ambiente, no hacen mala pareja. Lo comprobé el primer mes de seguimiento, cuando descubrí, con sorpresa y alegría porque se animaba mi investigación, que se citaban en el discreto hotel Hispania, en la avenida de César Augusto, un lugar equidistante de sus domicilios y a la vez suficientemente alejado del trabajo. Muy cautos ellos, en primer lugar llega Roberto en tranvía y diez minutos más tarde Mónica, después de aparcar su coche en el parking, nunca juntos. Luego salen en el mismo orden de llegada y con el mismo intervalo, excepto aquel día en que él se retrasó y llegaron a la vez a la puerta del hotel, bajo el porche decimonónico. ¡Menuda cara de disgusto puso ella! En las semanas siguientes comprobé que se repetía el encuentro todos los miércoles por la tarde. También observé que él acudía en chándal y con la bolsa de deporte, así que para su mujer, estaría en el gimnasio. Por las molestias que se toman para guardar las apariencias, está claro que les importan sus respectivas parejas, entonces ¿por qué lo hacen? ¿Por qué se arriesgan a perder sus familias a cambio de estos encuentros sexuales? ¿Tan fuerte es la atracción de lo prohibido? Si tengo tiempo, se lo preguntaré.

En cuanto he inmovilizado a Roberto, he saludado a Mónica.

–Buenas días señora directora, tenemos que hablar –Yo no imaginaba cuantas ganas tenía de hablar ella, ha sido rapidísima.

–No tenemos efectivo, no lo reponen hasta dentro de dos horas. La caja está vacía, pero ahora no se lo puedo mostrar porque tiene apertura automática y aún falta más de una hora para que se abra. Mi bolso está en el cajón derecho de la mesa, coja lo que quiera menos la tarjeta sanitaria, que tengo que coger una medicación a la salida.

Todo eso lo dijo sin respirar, ¡qué mérito! Para no decepcionarla, reviso el bolso y encuentro que guarda dentro: en una cartera-monedero, las fotos de su marido y su dos hijas, a las que ella misma lleva al colegio todas las mañanas antes de venir a la oficina, por eso abre la sucursal Paula.

El trato con Paula, la cajera ha sido curioso. Antes de empezar, yo estaba frente al mostrador, como un cliente más. En cuanto la he mirado a los ojos y le he dicho que no pulsara la alarma, mientras apuntaba a Roberto que estaba a mi izquierda con mi pistola de fogueo, perfecta réplica de una Glock policial, ha borrado de su cara esa bonita sonrisa con la que me ha recibido, se ha apartado el flequillo de la cara, me ha mirado muy seria y ha empezado a sacar el dinero de su puesto con toda parsimonia, mientras me intentaba tranquilizar.

–No te preocupes, que no pensaba tocar la alarma, no cobro tanto. Además has elegido un buen día, hoy tengo aquí bastante efectivo por un ingreso de primera hora.

Yo creo que no es la primera vez que le atracan. Me cae bien, muy profesional. ¿Actuará así por miedo o le importa un higo el dinero porque tiene claro que no es de ella? ¿O por ambas causas? Tomo nota mental para adjuntarlo al resto de mis anotaciones sobre ella: treinta y nueve años, no tiene novio, también va a un gimnasio en su barrio, pero menos días y menos rato que Roberto y creo que la señora con la que a veces sale a comprar por la tarde desde su portal, en la calle Juslibol, es su madre, así que debe de vivir con ella.

Esos dos que habían entrado detrás de mí, deben de ser socios. Vestidos con sus monos de trabajo llenos de manchas de pintura, discutían al llegar.

–¡Que no, que lo ingresamos todo y a final de mes ya veremos lo que hacemos! –Decía el más recio.

–¡Que no, hombre! –replicaba el más delgado–. ¡Dame mi parte ahora, que tengo plan esta noche con Merche, la de la panadería de al lado, y quiero quedar bien!

Parecían el gordo y el flaco, por su constitución física y por como hablaban y gesticulaban. Ese dinero debe ser muy importante para ellos, me han dado pena. Ambos se han tirado al suelo cuando he sacado la pistola y he gritado lo de “esto es un atraco”, tan típico y tan tópico, pero tan eficaz. Cuando les he preguntado, me han dicho sus nombres: Pepe y Paco. Más españoles no pueden ser, tal vez demasiado; hasta he pensado si me tomaban el pelo. Han insistido tanto que he cogido el sobre que me ofrecía Paco mientras Pepe asentía con la cabeza.

Lo alucinante ha sido lo de la abuela, cuando me ha plantado delante de la nariz la punta del bastón y me ha amenazado.

—¡No me das miedo gilipollas! Los rojos mataron a mi padre y los fascistas a mi marido y nunca me he callado, ni con Franco. Yo sola he sacado adelante a mis cinco hijos aquí, en el Picarral, y para lo que me queda en este mundo, no me dejo robar –todo esto mientras apretaba el bolso en el que acababa de meter el dinero que le había entregado la cajera momentos antes.

Menos mal que su acompañante está fuerte, la ha sujetado y la ha sentado en la butaca, luego se ha retirado donde los otros. Con los años que tiene esta mujer, no puedo exigirle que se tumbe en el suelo. Por supuesto que no le he intentado arrebatar el bolso, no es necesario, con la reacción me vale.

–Por favor Agustina, cállese y estese quieta, que nos van a matar a todos –le ha dicho la cuidadora, con acento sudamericano, antes de tumbarse junto a los otros.

–¿Callarme? No aguanto a estos chorizos que sin dar un palo al agua quieren hacerse ricos en un día. A estos los mandaba yo al frente con albarcas en invierno, a ver lo que hacían, que bastantes putadas he sufrido en la vida y tú también Daniela, que me lo has contado. Lo que has aguantado desde niña y luego como mujer, y ahora tú aquí, ahorrando para mandar dinero a tu familia en Colombia, incluso al idiota de tu marido, que tendrías que mandarlo a la mierda.

Joder con la vieja, no ha parado de despotricar en un buen rato. Me ha puesto en un compromiso para mantener el orden pero, ¡olé sus cojones! Ha sido increíble, me viene de maravilla para mi propósito. Cuando acabe, tengo que hablar más con ella. Pero tengo que vigilar a Daniela, colombiana ha dicho la abuela… No me fio de ella, me mira muy mal y tiene pinta de haber sido combatiente de las FARC por lo menos.

En fin, es hora de relajarse, aunque sin perder de vista a la morena. La policía debe de estar al llegar, he visto que Alfonso, el cajero que ha salido a tomar un café cuando yo llegaba, como hace todas las mañanas a estas horas, ahora, cuando iba a volver a entrar en la sucursal, ha visto la situación y ha salido corriendo. Es el momento de devolver el dinero y explicar que todo era un experimento, una investigación. Ya tengo todo lo que necesitaba para mi novela, mucho más de lo que esperaba. Sin duda me acusaran de desorden público por simular un atraco, pero me he informado bien y por falta de antecedentes no entraré en prisión. Me caerá una buena multa, pero la promoción en las redes sociales será brutal, valdrá la pena. Voy a llamar yo mismo con el móvil al 091 para evitar peligros innecesarios.

–Policía Nacional, dígame.

–Buenos días, soy Diego Lumbrera y...

¡Oh!… ¿Qué ha pasado? Todo se había oscurecido... Cómo molestan esos fluorescentes. ¡Qué mareo! ¡Cómo me duele la cabeza!... ¿Sanitarios? ¿Policías? Espera, ¿qué dice este policía?, ¿me está leyendo los derechos? Ah, no...

–¿No la conoces? –pregunta el agente más mayor a su compañero–, es Agustina. Se hizo famosa hace tres meses, cuando un chorizo la intentó atracar en su portal. Le dio un estacazo en la entrepierna y luego la emprendió a golpes en la cabeza; menos mal que la cuidadora la detuvo. Desde entonces, en el barrio le llaman la Guerrillera.

–¡Vaya con la abuela! ¡Qué bastonazo!, casi se carga a este. Esta sí que es una mujer de cuidado.

 


 

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