QUÉ TONTERÍA
El poeta llega frente el edificio, una casa unifamiliar, un adosado. El pequeño jardín de la entrada se ve bien cuidado, con el césped uniforme, la tierra húmeda y aun así presenta un aspecto mortecino y un color verde apagado. Estamos en abril, pero en este rincón reina el otoño. No solo el jardín. El porche, la puerta, las ventanas, la casa entera le dicen que lo ha encontrado, que ahí está lo que busca.
La verja de la calle está abierta. Entra, atraviesa el mustio parterre y llama a la puerta. La aldaba produce sobre la reseca madera un ruido extraño, lúgubre. Suenan pasos en el interior de la casa, se abre la puerta y se disipan las dudas que le pudieran quedar. Frente a él, una cara triste, un rostro amargado, una persona agotada que no muestra sorpresa.
–¿Eduardo? –Le pregunta.
El hombre que ha abierto la puerta rebaja un poco su rictus, sonríe levemente y habla con evidente alivio.
–¡Por fin! Le estaba esperando. Pase, por favor, pase.
Eduardo se aparta a un lado e invita a entrar con un gesto de la mano. El visitante entra y ve el escritorio en una esquina del salón, junto a una ventana. Se acerca y lo examina: ahí están, llamándole. Las coge y se vuelve hacia su anfitrión.
–¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se las quedó?
–No lo sé, de verdad. Creo que ellas decidieron quedarse conmigo. Cuando las vi, usted ya había bajado del tren. Se habían quedado bajo el asiento, ni siquiera tenía la seguridad de que fueran suyas. Se fue usted tan rápido…
–¡Cómo no! ¿Recuerda lo impertinente que estuvo?
–Impertinente, no. Para alguien como yo, es una suerte encontrarte con un modelo al que admiras, estaba impresionado.
–¿Y por eso tenía que agobiarme, asaetarme durante una hora con preguntas a discreción? ¿Dónde queda la educación, el respeto? Y dígame, ¿cómo lo descubrió?
–Me puse las gafas por curiosidad y las probé con el libro que llevaba para el viaje. De repente, mi cerebro entró en ebullición, cientos de ideas acudieron a mi mente y todas me parecían geniales. Yo estaba atascado desde hacía un mes, tenía una novela que a mi editor le parecía que podía tener buena salida, pero se me resistía el final.
–Y terminó su novela, y triunfó, y escribió otras dos en tres meses y se hizo famoso. Por eso lo encontré, un escritor mediocre no se convierte en estrella de un día para otro.
–Así es, pero desde el primer día empecé a dormir mal, Cuanto más escribía y me gustaba lo que escribía, peor me encontraba, no era yo. Mi mujer me abandonó, no me aguantaba. Las ideas me dominaban, hasta que lo comprendí, las gafas me avasallan, controlan mi mente y mi alma. Pero ahora que está usted aquí…
–No se extrañe, las gafas me han reconocido, pertenecen a mi familia desde hace cinco generaciones. Mi tatarabuelo era óptico en una villa gallega, decían que era hijo de una bruja. Fíjese, qué tontería.
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