AMORES DE CRISTAL
Primer premio en el concurso de relatos cortos de COAPEMA 2022.
AMORES DE CRISTAL
Pedro apaga el cigarro en el cenicero a la entrada del tanatorio. Su mujer lo está mirando con preocupación.
–Me has dicho que sería el último.
–Sí, Ana, te lo prometo. Después de lo que me dijo el doctor cuando me enseñó esa radiografía que parecía una pintura de la época más negra de Goya, me quedó claro que no puedo seguir fumando, pero después de tantos años, lo necesitaba antes de enfrentarme a esto –le contesta inclinando la cabeza hacia la izquierda, señalando la entrada al edificio.
Ana se acerca y le da un beso.
–Es la hora –le dice.
Se cogen de la mano y entran. Poco después comienzan a llegar familiares y conocidos. Dos horas después llega Charo, la vecina de toda la vida de sus padres.
–Han dejado muy bien a tu madre, parece que está dormida –le dice al llegar, frente al cristal que los separa del ataúd abierto.
–Sí, supongo que sí –contesta Pedro, sin mucho convencimiento.
En realidad, el comentario le parece una estupidez, está claro que no parece dormida, resulta evidente que es un cadáver, un envoltorio, que está muerta y que él está asumiéndolo, no es un niño al que tengan que engañar. Un niño… De repente se difumina ese oscuro velo de ira que lo había envuelto y se encuentra en la vivienda de su infancia, en el barrio de Torrero. Un humilde piso en una casa que forma parte de un grupo de manzanas iguales, con fachadas grises, lisas, sin adornos ni aditamentos, salvo unas placas metálicas, plateadas, con un yugo y un haz de flechas, junto a las puertas. Casas de cuatro alturas más bajo sin ascensor. Está claro que para el Régimen la clase trabajadora está en forma, no necesita elevador. En la cocina, de ínfimo tamaño, hay en la parte alta unos armarios hechos con ladrillos y puertas de formica blanca y verde. En la parte baja, un lavadero de mármol blanco y una cocina de hierro fundido, negra, que funciona con carbón; a la derecha de esta, un espacio para carbonera que comparten el lignito, la leña y las cucarachas que ahí se esconden sin que nadie se escandalice por ello, ya que parecen algo inevitable.
Lo más curioso, piensa ahora, es el reducido tamaño de las habitaciones que pomposamente o más bien con optimismo, sus padres denominaban dormitorios, cuarto de estar y comedor. En su salón actual cabrían estos dos últimos y un dormitorio. Parece que antes los obreros necesitaban menos espacio vital para ser felices. Y debía de ser verdad, porque sólo le acuden a la memoria buenos recuerdos, como Manolita.
Ay, Manolita… Pedro mira por la ventana, oculto tras la cortina, cuando ve salir del patio de enfrente a la señora Herminia quien se dirige directamente hacia su portal. Camina muy tiesa, con la cabeza erguida, rebosando dignidad y enfado. Él sabía que ese temido momento llegaría, resuena en su cabeza esa frase que su padre le ha repetido tantas veces, «recuerda, un hombre de verdad se hace responsable de todos sus actos», pero en el fondo esperaba no tener que asumir la responsabilidad en este caso; fue un accidente. La culpa fue del Francisco, que se agachó y la piedra acabó impactando en el cristal delantero del flamante Seat 1430 amarillo del señor Raimundo que, caramba, no tenía que estar ahí. ¿A quién se le ocurre aparcar en una calle peatonal, sin asfaltar, llena de piedras y de niños jugando? Claro que en aquella época, aunque había pocos coches en los barrios, también había pocos guardias para vigilar a los infractores. Por otro lado, el señor Raimundo quería tener a la vista desde su ventana su coche, su segunda posesión más importante después de su piso, aunque no estaba claro que lugar ocupaba cada una en su ranquin particular.
Ahora la ve acercarse por la ventana, suena el timbre y su madre abre la puerta. Escondido tras la puerta del cuarto de estar, escucha la conversación. La señora Herminia habla bajito, no la oye bien, pero a su madre sí. Recuerda, como si las oyera ahora, las últimas palabras.
–Desde luego, no se preocupe que tendrá su castigo… Por supuesto que se lo pagaremos, eso por descontado… Adiós doña Herminia, saludos a su marido.
Él piensa, «no sé si será porque el señor Raimundo es un encargado en la fábrica donde trabaja papá, pero nunca he visto a mi madre tan sumisa hablando con alguien, yo diría que más aún que con el cura», y se queda quieto, de pie, junto al sofá de escay verde, esperando la bronca que va a recibir.
Tras cerrar la puerta, su madre entra directa al salón y se queda mirándolo fijamente, seria, terriblemente callada, mientras él siente que se encoge sobremanera. ¡Ojalá! Le hubiera gustado encogerse hasta desaparecer en este momento, pero la magia no funciona y su madre, por fin, abre la boca.
—¡Muy bonito, Pedrito, a pedradas con los niños de la otra calle y tú, precisamente tú, al que todos en la casa conocen, le rompes al señor Raimundo el cristal de su coche, de la niña de sus ojos!
—La culpa fue del Francisco, que se agachó y la esquivó.
—¡Cállate! El dinero del cristal va a salir de tus propinas de todo el año, por lo menos. De las nuestras y de las de tu abuela, y menos mal que no te han denunciado a la policía por consideración a tu padre. Espera a que venga, que te vas a enterar.
Ella se queda unos segundos mirándolo fijamente, agachada, con sus ojos a la altura de los de Pedrito y la cara roja, muy roja. Pedro espera un gran bofetón. De repente, mamá se incorpora, da media vuelta y se dirige hacia la cocina, mascullando no se sabe qué, dejándolo solo con sus pensamientos. Nunca le dijo cuanto le agradecía que no le diera esa bofetada innecesaria. Ahora lamenta no haberlo hecho.
Su padre llega cansado esa noche, como todas las noches, escucha a su madre y defiende sin mucho ahínco a Pedro, «es buen chico..., saca buenas notas..., son cosas de chicos…, ese coche no tenía que estar ahí...».
Estuvo mucho tiempo sin recibir propinas, su madre se encargó de ello. Lo que nunca entendió fue cómo pudo enterarse la vecina. ¿Quién sería el miserable, el puñetero chivato? Pero en los primeros momentos no le importó demasiado. Recuerda el instante en que Manolita, de la que estaba locamente, tontamente enamorado, la que en realidad había tirado la piedra cuando estaba a su lado, al sonar el estallido del cristal le dio por primera vez un beso en la mejilla y le habló melosamente, con esa mirada que aún lleva clavada en el alma.
—¿No dirás que he sido yo ,verdad?
Dicen que el amor es como un cristal, hay que tratarlo con cuidado y si se rompe, te puede dañar, pero Pedro no se arrepiente para nada de aquel primer amor que pronto fue primera desilusión.
Su cabeza ha vuelto a la sala del tanatorio. Se han quedado solos Ana y él. Ana lo está mirando con extrañeza y a él no le cabe duda de que su mente ha estado un buen rato volando fuera de ahí. Mira al frente y ve a su madre al otro lado del cristal, inerte para siempre; sí, está guapa. Unas lágrimas escapan de sus ojos. Solloza, coge la cara de Ana entre sus manos, con delicadeza, y le da el beso más tierno y dulce que le ha dado en años. Ella lo recibe agradecida, sorprendida, pero no le pregunta por qué.

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