LA PUERTA DEL ADIOS

Cuelgo mi abrigo negro en el perchero dorado, enclavado en la pared del recibidor, en este, mi hogar de la niñez y mi hogar, de nuevo, desde el divorcio. Entro al salón, que también hace las veces de distribuidor. Llego frente a la puerta del fondo y me detengo. El silencio me sobrecoge. Solo he estado unas horas fuera, pero, como me pasaba cuando de niño nos íbamos de vacaciones y a la vuelta todo parecía un poco diferente en el barrio, en la casa, ahora esa puerta no parece la misma. Un palmo más alta y un palmo más ancha que yo y, sin embargo, ahora me parece pequeña y también algo…, solemne. No lo entiendo, es la de siempre: sencilla, una sola hoja, falsos cuarterones simulados con simples listones, un recio manto de pintura blanca formado por numerosas capas aplicadas con el paso de los años, donde se aprecian leves huecos a causa de golpes sufridos, la mayoría causados por mí, jugando con mis primos.

La manilla interior es diferente de la exterior, aunque ambas son doradas. Se rompió y como tenía más años de lo que interesaba a la moda, mi difunto padre no encontró otra igual, así que colocó la antigua, con bonitas filigranas en bajorrelieve en la placa de este embellecedor, visible desde el salón, y la otra más moderna y más sosa, por el otro lado.

Debería entrar, tengo que hacerlo, pero no puedo. Algo me lo impide, algo indefinible y sin embargo, casi tangible, un muro invisible, una cuerda que tira de mí hacia atrás, una angustia, un miedo.

De repente ¡la puerta se abre sola! Doy un brinco y tras el desconcierto inicial, recuerdo que dejé abierta la ventana para que se aireara la habitación. ¿Ha sido una señal? Ahora sí, me siento obligado y capaz de abrirla del todo a pesar del dolor, de entrar y de enfrentarme a la cama vacía, a los armarios llenos, a las fotografías sobre la mesilla y a los recuerdos escondidos en los cajones, en el dormitorio de mi madre, donde ha yacido sus dos últimos meses.

 


 

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