SIEMPRE HA HABIDO CLASES

Menuda discusión he tenido con unas compañeras de trabajo, que si todas somos iguales, que si todas hacemos la misma función. Pues no, de eso nada. Es cierto que todas nos componemos de sílice, sodio y caliza, pero lo que distingue a las de mi alcurnia, es que las copas de cristal tenemos al menos un veinticuatro por ciento de plomo, o titanio las más modernas. No como esas advenedizas de vidrio, mucha fachada pero no tienen los bordes tan finos, ni dejan pasar la luz con la misma elegancia, y sus recias paredes no emiten unos sonidos tan bonitos, ni permiten percibir igual los aromas del vino.

Reconozco que cada vez hacen mejor los vidrios, más transparentes, y aunque se enfade mi primo, el vaso de agua, el más baqueteado de toda la vajilla, yo creo que para hacer su trabajo son mejores, ya que aunque sus vastas paredes no sean capaces de descomponer la luz como bonitos prismas, son más resistentes a los golpes.

En mi caso, es cierto, somos más frágiles, es el precio de la belleza, pero lo que me descompone, metafóricamente, es la confusión que a veces tienen los humanos, que no son capaces de apreciar nuestra especialidad. Porque, vamos a ver, si a un médico le ponen a repartir cartas o a un maestro a barrer las calles, ¿a qué se enfadarían? Pues eso mismo nos pasa a nosotras. Yo, soy una copa de vino y bien porque el camarero sea un novato ignorante o porque el cliente beodo me dé un segundo uso, a menudo me veo inundada de líquidos infectos, vinos de pésima calidad o, en el colmo de mi infortunio, desabrida agua.

Por mi parte, lucho por intentar mejorar nuestra situación pero ¿saben ustedes qué difícil es montar un sindicato poniendo de acuerdo a recipientes de cristal, de vidrio, de plástico, de papel, de metal?... y Dios sabe que materiales vendrán en el futuro.

¡Caramba! Veo que los camareros, presurosos, empiezan a sacarnos a la barra. Parece que hay fiesta gorda, cotillón o algo así he oído. ¡Empieza la función!

 

 

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