ESTAR ENAMORADO

Estaba una noche en mi estudio cuando oí algo en el pasillo. Levanté los ojos del trabajo y vi que un sobre se deslizaba por debajo de mi puerta. Era un sobre grueso.

 –Como te lo cuento, Juan. A pesar de mi sorpresa lo primero que pensé fue, menuda raja tengo por debajo de la puerta para que quepa eso, tendré que poner burlete mañana sin falta. No me mires así, estaba un poco traspuesto. A continuación, miré el reloj de sobremesa que me regaló Nuria, ese de color blanco con una esfera en el lado izquierdo y su fotografía en el derecho. Al ver su imagen sonreí y pensé ¡qué afortunado soy con esta novia! Por entonces hacía un mes que había venido a vivir conmigo. Entonces me fijé en la hora: las dos de la mañana, y me di cuenta de que la pantalla del ordenador estaba en suspensión. La reactivé, apareció un documento con diez líneas y dije ¡uf! Evidentemente, me había quedado dormido y no me iba a dar tiempo a terminar el relato que quería escribir para el concurso.

 –Abrevia, Nacho, que se nos va a hacer de noche ahora también y quiero pedir otra cerveza.

 –Vale, vale, ya llego. Me levanté y recogí el sobre. No tenía remite. Supuse que se trataba de un error, que el destinatario sería otro vecino; hay gente muy rara en este edificio. Lo abrí con cuidado, estropeándolo lo menos posible por si lo tuviera que pasar a otro vecino y ¿sabes lo que había dentro? Una flor deshidratada y una nota que decía algo así como «Gracias por la última noche, y la anterior, y la anterior. Te echo de menos, avísame cuando quieras volver a verme» y un corazón dibujado. ¿Qué horterada, no?

 –¿Y qué hiciste? –inquirió Juan con gesto de preocupación.

 –¿Qué voy a hacer? Sin duda era una confusión, pero no tenía ninguna pista de a quién iba dirigido. Apagué el ordenador con gran dolor porque no iba a terminar el relato, pero tenía que madrugar y me fui a la cama. Cuando me levanté llegaba Nuria, que precisamente esa semana me había cambiado el turno de noche en el hospital porque ella quería coincidir con una amiga suya. Le conté lo sucedido y me dijo lo que yo pensaba: una equivocación. ¿Sabes que es lo raro?

 –¿El qué? –preguntó Juan con la cara ligeramente hacia abajo, mirando hacia arriba a los ojos de Nacho.

 –Que el otro día hice la colada y al meter las bragas en su cajón vi que la flor estaba ahí.

 

  José Ramón Rodrigálvarez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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