EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL COVID
—¡Qué susto! —gritó ella, cuando los dos abrimos a la vez, uno por cada lado, la puerta que da entrada al pasillo de los trasteros.
—Perdona, no quería asustarte. Tú eres Eva, ¿no? La del sexto.
—Sí, y tú Joaquín, del cuarto.
—Disculpa, con la mascarilla es difícil reconocernos, sobre todo si nos vemos tan poco.
—Yo sí que te he conocido —me contestó.
—Esa caja parece muy pesada, ¿quieres que te ayude? —le pregunté.
—Sí, por favor. Coge de ahí.
Ella se agachó antes que yo, su blusa blanca se ahuecó y a través de la abertura, vislumbré un sujetador color carne y dos bonitos pechos. Me detuve un instante. Ella miró hacia arriba, sus ojos sonrieron y a continuación se abrochó el botón superior de la blusa. Yo me puse colorado, creo, y sentí la necesidad de decir algo.
—Al que no veo hace mucho es a tu marido.
—Ya, es que nos separamos hace tres años.
—Oh, lo siento.
—Era un capullo.
—Ah, pues entonces no lo siento.
Una sonrisa se adivinó bajo la cascarilla.
—¿Qué pasa? ¿Qué miras? —me preguntó.
—Perdona, tus ojos,… es que… estaba pensando que ahora, con las mascarillas, los ojos resaltan más.
—Ah, y eso es bueno, supongo, a las personas feas solo se les ven los ojos y así parecen menos feas.
—No es tu caso, descuida —le dije, y de nuevo me dedicó una sonrisa.
Llegamos al final del pasillo. Abrió la puerta de su trastero y encendió la luz. En el quicio de la puerta, la blusa se transparentó, dejando entrever su estupenda figura. Metimos la caja, nos agachamos para dejarla en un rincón y cuando se levantó, tropezó cayendo hacia un lado, yo la cogí con fuerza y quedó pegada a mí. No dijo nada, no intentó soltarse, sólo me miraba.
Sentí su cuerpo entre mis brazos, relajado, caliente. Sensaciones casi olvidadas después de más de veinte años de monótono matrimonio llegaron a mi cerebro: Una piel nueva, el calorcillo en la mano, el agradable tacto en su cintura, el aroma de un perfume nuevo. Aflojé levemente el abrazo, le acaricié el cabello y la parte alta del pómulo. Ella se quitó la mascarilla y me retiró la mía, arrojándolas al suelo.
—Preciosa —musité, al ver su rostro completo.
Nos fundimos en un beso largo, profundo, que se convirtió en mil besos más. Ella se separó un poco, soltó los botones de su blusa hasta que la prenda cayó al suelo, se quitó el sujetador y dejó que la admirara. El espectáculo era maravilloso. Miró hacia abajo y sonrió al ver el abultamiento en mis pantalones. Cerró la puerta, se quitó rápidamente los pantalones y la braga, de color carne también, y se sentó en un estrecho banco de trabajo que su marido dejó allí para otros menesteres. Rápidamente me deshice de mi ropa; casi me caigo, la urgencia me empujaba. Acaricié suavemente sus pechos, luego su pequeño triángulo de vello púbico, hasta que sentí una rendija blanda y húmeda que se abría, a la vez que ella gemía levemente. Poco a poco entré en ella, que gemía cada vez más fuerte, me abrazaba y acompañaba mis vaivenes en maravillosa sincronía. Cuando descargué dentro, pegó totalmente su pubis a mí, se arqueó levantando la cabeza y su rostro me pareció el más bello del mundo. Cuando recuperamos la respiración, puso sus manos en mi nuca y me dio un beso con sabor a despedida.
Ahora me despierto desorientado… Estoy en mi cama…, me duele la cabeza y el pecho. ¿Es mi esposa quien habla? ¿Qué dice?
—No lo entiendo. ¿Cómo es posible que hayas cogido el coronavirus teletrabajando, sin salir de casa?

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