El HOMBRE DEL 39
La primera vez que lo vi, pensé que era mi hombre. Guapo, alto, fuerte, con una voz que me envolvía, me arrullaba y me subyugaba cada vez que me hablaba, en el autobús de la línea 39 en el que coincidíamos todos los días laborables. ¡Y sin anillo de casado!
Era imposible que no se hubiera fijado en mí. Es más, sabía que le gustaba. ¿Por qué si no, pasaba todos los días junto a mí, aprovechando la excusa para susurrarme dulcemente, aunque dijera todos los días la misma frase. <<¿Por favor señora, me permite pasar?>>. Rozándome, dejándome embriagada con esa mezcla de aromas, el de su cuerpo y el del perfume que utiliza.
Así, con ese cortejo mudo, estuvimos seis meses. Por fin hoy, 30 de octubre, día de mi cincuenta y cinco cumpleaños, me he decidido. Alguien tenía que dar un paso y si él, tan tierno y tímido, no se atreve, lo haré yo. Me he tomado fiesta en el trabajo, tenía muchas horas extraordinarias por compensar. Subo al autobús como todos los días, me coloco en mi sitio de siempre y cuando me pide paso, le respondo con la mejor sonrisa que sé dibujar en mi rostro.
Pero hoy no me bajo antes, espero hasta ver donde lo hace él: en la Plaza de las Canteras. Dejo salir a varios pasajeros y desciendo también. Le sigo a una distancia prudente, Fray Julián Garcés hacia arriba, hasta un edificio en el que se ha metido. Veo en la fachada un rótulo de administración de fincas, por lo que supongo que trabaja ahí.
Hago tiempo, explorando el barrio que apenas conozco y a las doce entro en el bar que hay enfrente de la oficina. Pido un café y repaso el Heraldo de Aragón mirando hacia su puerta hasta que, a la una en punto, le veo salir. Voy a hacerme la encontradiza, soltaré le bolso, él se agachará a recogerlo y entonces hablaremos y ya no seremos unos desconocidos. Impaciente, cruzo la calle con rapidez pero con prudencia, sería trágico y ridículo acabar este amor atropellada por un patinete eléctrico.
Ya llego a su lado. Alguien le llama, otro hombre bastante guapo, él se gira y… le da un ardoroso beso.
Me despierto, oigo una voz. Qué vergüenza.
—Pobrecita, se ha desmayado. He visto como caía. Menudo tozolón.

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