INFERNO
La puerta está entreabierta y una extraña figura entra. Alto, delgado pero fuerte, rostro céreo y gruesas cejas. Lleva traje y corbata negros, gafas de ancha montura y varillas, negras también; su aspecto impone respeto, o miedo. Parece venir de otro tiempo, un ser antiguo, anacrónico. Su rostro denota cierto asombro. Sus pupilas reflejan el color rojo fuego que flota en densas nubes y su oído sufre con el volumen tan alto de la música, más bien ruido, que llena el ambiente. Ante sus ojos, decenas de lo que parecen personas saltan y giran, las cabezas oscilan exageradamente, de delante atrás y de derecha a izquierda, como si de un momento a otro se fueran a desprender del tronco; parecen marionetas agitadas violentamente por una mano invisible, maniquíes con convulsiones. Por sus rostros, no se sabe si disfrutan o sufren. Varios se fijan en el portafolios que lleva apretado contra el costado derecho, protegiéndolo en lo posible; parece temeroso de que la turba se lo estropee, debe de llevar algo muy importante.
Enrique, el anfitrión, está encantado, su fiesta de presentación de la nueva temporada de Cuarto Misterio es un éxito, han venido todos su amigos, colegas e incluso periodistas de la competencia. Buena parte del éxito corresponde a su amigo Faustino, que es un crack con la música, un pinchadiscos, paradójicamente sin vinilos, aficionado, pero con la calidad de un profesional, y gratis. Las luces rojas, la música, el humo artificial, la decoración, todo está genial. De repente, Faustino le grita al oído.
–¡Quique, Quique! ¿Lo has visto?
–¿A quién?
–¡Joder! ¿Te acuerdas de que ayer, cuando estábamos con la Ouija, te dije que pararas, que ibas demasiado lejos?
–Sí, estabas cagado –contestó Jorge con sonrisa burlona, recordando el momento.
–¿Sí, verdad? Tú invocaste a Lucifer, le dijiste que bendijera tu nuevo programa, que se manifestara, le ofreciste tu alma… Justo entonces se apagó la luz y a la vez se cayeron WhatsApp, Facebook e Instagram.
–Una casualidad, hombre... La luz se fue en todo el edificio, lo otro sucedió en todo el mundo y lo de la Ouija era para denunciar supercherías, tú lo sabes.
–Sí, pero la luz solo falló en este edificio, lo otro, muchos lo asociaron con el fin del mundo y ahora, mira, mira ese tipo de ahí.
Su dedo tembloroso apunta al siniestro visitante. Quique frunce el ceño.
–¿Quién es ese?
–¡¿Quién va a ser?!… ¡El que tu invocaste!
–No digas tonterías, hombre.
–¿Has visto la cartera que lleva? ¡Es el contrato, viene a por tu alma!
En ese mismo momento el señalado, que estaba preguntando algo a un joven derrengado sobre un sofá, se ajusta las gafas, mira hacia donde están los dos amigos y estos lo ven sonreír al localizarlos. Faustino se va corriendo al váter, Quique traga saliva y empieza a temblar cuando ve al intruso avanzar firme y seguro hacia él, abriéndose paso entre los humanoides bailarines. No puede andar, sus piernas no responden. No puede ni hablar cuando llega a su lado el visitante pero este sí que lo hace, con voz grave y profunda, acercándose mucho a su oído para que le oiga bien a pesar de la fiesta.
–¿El señor Enrique Jiménez?
–Sssssí –contesta tembloroso, sintiendo el cálido aliento del extraño en su cuello.
–Vengo a por lo nuestro, ya sabe...
Enrique siente que se le doblan las rodillas, está sudando, llega con dificultad a una silla próxima, se sienta como puede y a punto de desmayarse, escucha el final de la frase.
–Disculpe —dijo el recién llegado con una sonrisa macabra—, no me he presentado. Me llamo Lucio Fernández, pero los amigos me llaman Lucifer —soltó una risa cruel—. Qué gracioso, ¿verdad? Soy inspector de la SGAE.
José Ramón Rodrigálvarez
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