EL AMOR NO SE COME
Cuando Mario nació, sus padres ya no se querían. Sin embargo eso no le preocupaba, no era consciente de tal situación. Nunca los veía besarse, ni decirse un <<te quiero>>, pero tampoco veía a los padres de los otros niños en la intimidad y cuando fue creciendo y preguntó por qué en las películas los papás se daban besos y se declaraban su amor, sus padres le explicaron que <<son cuentos para mayores, cosas inventadas>> y él no necesitaba más explicación, a fin de cuentas a él no le faltaban besos y arrumacos de ambos, por separado, eso sí.
En una ocasión, cumplidos los doce años, se encontraba el niño a solas con su madre en el exiguo cuarto de estar. Tras el cristal, el cielo tenía un color gris triste y parecía una tarde hecha aposta para confidencias. Mario leía un tebeo. Su madre, sin levantar la vista del bordado habló.
—Algunas veces has preguntado por qué tu padre y yo no nos besamos, ni nos decimos cosas bonitas… Tu padre y yo nos casamos…, sin querernos.
Mario no supo que decir. Ver a su madre tan seria, hablando de ese tema, le desarmó. Ella continuó.
—Tu padre es muy bueno. Vino del pueblo a hacer la mili aquí, en Zaragoza, en el Cuartel de Pontoneros conoció a mi hermano, quien le consiguió trabajo en su taller cuando acabaron el servicio militar y nos presentó. Nos caímos bien y nos casamos… y naciste tú, mi bien, mi tesoro.
—Y ahora, ¿os queréis? —se atrevió a preguntar Mario, con tono esperanzado.
—Sí —dijo Juana exhibiendo una triste sonrisa y siguió cosiendo, y calló…
Calló que su hermano había insistido en que se casaran para librarse de ella, la hermana pequeña que tenía a su cargo y que su marido también había insistido porque quería abandonar la mísera pensión en que vivía. No le dijo que su madre, viuda, le dio un único consejo antes de fallecer tempranamente.
—Cásate cuanto antes, busca un buen hombre que cuide de ti.
—¿Y el amor? —protestó ella.
–¿El amor? Somos pobres y el amor no se come.
Comentarios
Publicar un comentario