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Mostrando entradas de noviembre, 2025
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INFERNO La puerta está entreabierta y una extraña figura entra. Alto, delgado pero fuerte, rostro céreo y gruesas cejas. Lleva traje y corbata negros, gafas de ancha montura y varillas, negras también; su aspecto impone respeto, o miedo. Parece venir de otro tiempo, un ser antiguo, anacrónico. Su rostro denota cierto asombro. Sus pupilas reflejan el color rojo fuego que flota en densas nubes y su oído sufre con el volumen tan alto de la música, más bien ruido, que llena el ambiente. Ante sus ojos, decenas de lo que parecen personas saltan y giran, las cabezas oscilan exageradamente, de delante atrás y de derecha a izquierda, como si de un momento a otro se fueran a desprender del tronco; parecen marionetas agitadas violentamente por una mano invisible, maniquíes con convulsiones. Por sus rostros, no se sabe si disfrutan o sufren. Varios se fijan en el portafolios que lleva apretado contra el costado derecho, protegiéndolo en lo posible; parece temeroso de que la turba se lo estrope...
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  ESTAR ENAMORADO Estaba una noche en mi estudio cuando oí algo en el pasillo. Levanté los ojos del trabajo y vi que un sobre se deslizaba por debajo de mi puerta. Era un sobre grueso.  –Como te lo cuento, Juan. A pesar de mi sorpresa lo primero que pensé fue, menuda raja tengo por debajo de la puerta para que quepa eso, tendré que poner burlete mañana sin falta. No me mires así, estaba un poco traspuesto. A continuación, miré el reloj de sobremesa que me regaló Nuria, ese de color blanco con una esfera en el lado izquierdo y su fotografía en el derecho. Al ver su imagen sonreí y pensé ¡qué afortunado soy con esta novia! Por entonces hacía un mes que había venido a vivir conmigo. Entonces me fijé en la hora: las dos de la mañana, y me di cuenta de que la pantalla del ordenador estaba en suspensión. La reactivé, apareció un documento con diez líneas y dije ¡uf! Evidentemente, me había quedado dormido y no me iba a dar tiempo a terminar el relato que quería escribir para e...
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  EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL COVID   —¡Qué susto! —gritó ella, cuando los dos abrimos a la vez, uno por cada lado, la puerta que da entrada al pasillo de los trasteros. —Perdona, no quería asustarte. Tú eres Eva, ¿no? La del sexto. —Sí, y tú Joaquín, del cuarto. —Disculpa, con la mascarilla es difícil reconocernos, sobre todo si nos vemos tan poco. —Yo sí que te he conocido —me contestó. —Esa caja parece muy pesada, ¿quieres que te ayude? —le pregunté. —Sí, por favor. Coge de ahí. Ella se agachó antes que yo, su blusa blanca se ahuecó y a través de la abertura, vislumbré un sujetador color carne y dos bonitos pechos. Me detuve un instante. Ella miró hacia arriba, sus ojos sonrieron y a continuación se abrochó el botón superior de la blusa. Yo me puse colorado, creo, y sentí la necesidad de decir algo. —Al que no veo hace mucho es a tu marido. —Ya, es que nos separamos hace tres años. —Oh, lo siento. —Era un capullo. —Ah, pues entonces no lo siento. ...