Accesit en el XXXVII Certamen literario El Picarral. Lema: El virus, mis vecinas y yo. 2020.
MENOS APLAUSOS, POR FAVOR
No puedo seguir aquí, o acabaremos mal. Estoy triste, cansado, tengo que cambiar de piso. Hasta hoy, no conocía apenas a mis vecinas.
Todavía es de noche cuando me voy a trabajar, me pego la jornada reglamentaria y la extraordinaria en el tajo y al acabar, cuando vuelvo a casa, ya es de noche otra vez. Además, como vivo en Zaragoza, trabajo en Calatayud y mis horarios son raros y muy irregulares los últimos meses, no puedo utilizar ningún transporte público, tengo que ir con mi coche y además yo solo, no puedo compartir el viaje con nadie por las mismas razones, así que cuando tengo que hacer la compra aprovecho y voy a un supermercado con estacionamiento antes de volver a casa. Total que, normalmente solo piso mi rellano, el ascensor y el garaje y no me encuentro con nadie. Los fines de semana que libro, no salgo de casa hasta bien tarde. Bueno, eso antes del toque de queda. Últimamente, ni salgo.
Mi piso no es un ático con una maravillosa terraza pero es el último, eso me permite tener mucha luz y buenas vistas en las habitaciones exteriores, que cuando caes enfermo y estás confinado en casa, como me ha pasado a mí, es una suerte. Afortunadamente hago la compra para medio mes y aún me quedan provisiones para días. La única ventaja de estar todo el día en casa es que me organizo yo los horarios; por ejemplo, pongo la lavadora cuando quiero y ya no tengo que tender la ropa por las noches y recogerla rápidamente por la mañana, antes de ir a trabajar.
Hoy me encontraba mejor, me he levantado pronto, he lavado la ropa a gran temperatura y me he dispuesto a tender la colada. He sacado mi cabeza por la ventana de la cocina y me disponía a colgar los pantalones en la cuerda más alejada. Entonces he oído una fuerte voz que venía de abajo y al mirar he comprobado que varias vecinas estaban tendiendo. Primero me he extrañado un poco, todo mujeres excepto yo. Luego he caído en la cuenta de que serían todas de, aproximadamente, la misma edad que el matrimonio propietario del piso que yo habito de alquiler y que en esa generación era normal que las señoras se hicieran cargo de las labores del hogar. Hoy en día no, ya se encargó de explicármelo María José, mi novia hasta hace cinco meses. De explicármelo y de enseñarme a hacer todo lo necesario en casa, ya que mi madre me había tratado como un príncipe. Malcriado, decía María José.
Como hace poco eché aceite lubricante en las carruchas del tendedor, estas no hacen ruido alguno y mis vecinas no se percataron de mi presencia. Aunque no era mi intención cotillear, me llamó la atención su conversación y me detuve para oír mejor.
—¡Patro! ¿Habéis ido al pueblo el fin de semana? —Era Julia, la del 5º A.
La tal Patro vive un piso más abajo, en el 4º A, y le contestó.
—¡Que va!, Julia. Si mi Juan no se atreve. Mira que se lo digo, que aunque está fuera del término municipal está muy cerca y podemos llegar hasta el pueblo por el camino, sin pisar la carretera, y seguro que ahí no está la Guardia Civil controlando. Con los pocos guardias que hay en los pueblos, si llevan años diciendo la falta de “fectivos” que tienen.
—Pues sí, tienes razón. Si además ahí vais a estar mucho más seguros que aquí.
—Pues eso le digo yo, pero nada.
—¿Y si lo llevas tú? —la cabeza de Carmina surgió del 4ª B.
—Llevar, ¿el qué Carmina? ¿El coche?—preguntó Patro.
—No mujer, el bicho. Si llevas tú el virus ese encima y no te enteras, ¿qué?
—¿Cómo voy a llevar el “coronabicho” ese? Si yo me encuentro bien.
—Ya, pero puedes ser asintomática, tener el virus y no notarlo, pero sí pegárselo a los demás.
—¿Qué dices tú de asintomática? —protestó Julia—. Pues ya me lo habría pegado a mí, que estuvimos el otro día tomando café aquí en mi casa y compartimos la torta de Muel y no pasó nada.
—Eso —siguió Patro––. Además, no hago más que darme “hidralcol” y lavarme las manos. Si se me van a caer, de lo que se me está cuarteando la piel. No gano para crema hidratante.
—Ya, ¿y la mascarilla? Porque a veces te he visto por la escalera sin mascarilla, Patro —acusó Carmina.
—¡Ay, las mascarillas! —dijo Julia––. Menudo cachondeo. Primero, que no hacían falta, que no servían para nada y luego que no puedes salir de casa sin ella. ¿Mentían antes o mienten ahora? Y los precios, ¿qué me decís? Mi hijo que es alérgico, antes de todo este jaleo, compraba diez mascarillas en los chinos por sesenta y cinco céntimos, ¡a seis céntimos y medio cada una! ¿Y ahora? ¡Sesenta céntimos cada una! ¡Casi diez veces más! Y no creo que sean mejores, que en todas pone “madin China”.
—Tienes razón Julia —afirmó Patro––. Para mí que esto es un negocio, una estafa. O nuestro Gobierno está haciendo negocio con todo esto, o son los chinos los que soltaron el virus por ahí, así nos hacen cerrar aquí los comercios y encima se forran vendiendo mascarillas de papel a precio de oro. Y respiradores de esos para los hospitales, también.
—No mujer —rebatió Carmina—. Mi sobrino, el médico, nos ha explicado que un virus de ese tipo no puede crearse en un laboratorio y que por culpa del cambio climático cada vez va a haber más mutaciones de virus y que, con lo de la globalización, se extenderán con más facilidad. Y también lo dice Badiola, el veterinario ese que se hizo tan famoso con los de las vacas locas.
—“Asintomática”, “cambio climático”, “globalización” —dijo Julia con tono burlón—. Mira tú que fina se ha vuelto esta. Claro, con palabricas así siempre parece que tienes razón.
—Ay mujer, qué cosas dices, todo tiene su nombre y ya está. Eso no es ir de finolis, eso sirve para no confundirse.
—Pues eso, lo que decía, para tener razón.
Las tres rieron y eso pareció rebajar la tensión que había empezado a subir con la discusión.
—Pues me han dicho que tomando mucha vitamina C te proteges contra el bicho este. ¡Ah!, y haciendo gárgaras con vinagre y miel también—explicó Patro.
—Sí y si bailas la jota diez horas seguidas tampoco lo cogerás, te morirás de cansancio pero de virus no —dijo riendo Carmina.
—Oye, que yo también lo he oído —protestó Julia.
—Claro, y si repites una mentira mil veces ya se convierte en verdad, ¿no? —respondió Carmina.
—¿También vas a decirme que es mentira que el primer humano se contagió por comer sopa de murciélago? —preguntó Patro.
Carmina, miró hacia arriba con cara de resignación (casi me ve) y contestó a sus vecinas.
—Mirad, si queréis, os creéis lo que os dé la gana y hacéis lo que os dé la gana, pero si nos cruzamos en la escalera, quiero veros con la mascarilla bien puesta, que yo también la llevaré.
—Vale, “doña prevención” –dijo Julia con retintín—. No morirás de cornada de burro, no. De todas maneras, como he dicho antes, las mascarillas salen caras si sumas todas las que gastas al cabo de un mes, así que yo, desde que dijeron que no servían las que hice aquí en casa de tela, con lo majicas que me quedaron, lo que hago es lavar las otras, esas azulicas. Aunque dicen que no se pueden utilizar varias veces, no me dirás que no van a quedar bien desinfectadas después de hervirlas.
—¡No se te ocurra! —advirtió Carmina—. También han avisado de que eso no se puede hacer porque al hervirlas las estropeas, luego ya no filtran como antes.
—Mira que eres agorera, a todo le sacas pegas —apuntó Patro.
—Que va, lo que pasa es que esto es serio. No vale eso de “pues si lo cojo, lo paso y ya está”, o “pues si me muero, me muero y ya está”. ¿Y si lo coges y no te mueres todavía, pero te pegas mala un montón de años, con grandes dolores y sin casi poder respirar? —preguntó Carmina.
—Anda maña, que pareces un cura de los de antes, con esos sermones llenos de diablos y de infiernos —contestó Julia.
Yo estaba escuchando desde detrás de la ventana, dentro de la cocina, la conversación que se desarrollaba unos metros más abajo, entre divertido y asustado por momentos, por lo que oía. De repente, la charla tomó un giro inesperado.
—Chicas —dijo Julia, bajando un poco la voz—, ¿qué os parece el chico ese del séptimo? Para mí que es mariquita. Nunca trae chicas a casa.
¿Cómo? Me pregunte yo. O sea que yo no veía a nadie en mi vida diaria, pero ellas me controlaban. Dios mío, la vieja del visillo existe. Qué agentes se ha perdido el CNI.
—Mujer —le recriminó Carmina—, que eso ya no se dice. Además, ¿qué más nos da lo que le guste o le deje de gustar? Allá él, si no da nada de mal. De todas maneras, hasta hace unos meses yo creo que vivía una chica con él.
—Precisamente, desde hace unos meses nada, y a esas edades… —apuntó Julia.
—Bueno —intervino Patro—, a mí me da igual si es mariquita o no…
—¿Otra vez? —preguntó Carmina.
—Como decía antes de que me interrumpieras, yo mientras no sea enfermero o médico, me da igual. Pero si es sanitario de esos, que no se me acerque, que a saber lo que pueden coger en los hospitales.
—Pero si hace unos meses te rompías las manos aplaudiendo por ellos —le recordó Carmina.
—Sí claro, que sí, les agradezco y mucho su trabajo…, pero lejos de mi casa.
—Eso, eso —ratificó Patro.
—Sí, un poco de miedo sí que da —añadió Carmina.
Entonces no sé qué me ha pasado, me he acalorado sobremanera, he apretado fuertemente los puños y me ha venido a la mente el último día de consulta, cuando después de haber auscultado y examinado las amígdalas a uno de mis pacientes, justo antes de salir por la puerta, se giró y me habló.
—¡Ay, que me olvidaba! Que el domingo comí con mis hijos y ayer martes me dijo el chico que había dado positivo en un control de virus de esos.
Me he asomado a la ventana, he carraspeado fuertemente logrando que las tres giraran el cuello y miraran hacia arriba, hacia mí. Entonces he sacado al exterior y he tendido, extendiendo todo lo posible para que se vieran bien, mis dos pantalones y mis dos chaquetillas blancas, con anagrama de la Seguridad Social. Las tres cabezas han desaparecido rápidamente y las tres ventanas se han cerrado al unísono.
Esta tarde empezaré a buscar pisos por Internet.

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